EL PINGUINAZO

Las artes para siempre, las musas sin cadenas.

La inverosimilitud puede ser una escena que muestre que en un país que está acá a la vuelta, anteayer hubo una guerra. Cosa de todos los días. El correlato de la muerte de los hijos de esa patria supuesta e impuesta es un hilito de agua que debiera servir para todos los fines para los que fue humanamente adoptada: desde la instintiva, animal y necesaria hidratación hasta la higienización diaria y excesiva en su rito social impuesto para la pacífica, o no tanto, convivencia gregaria. Y en todos los continentes, quienes mueven los hilos del futuro piden que alguien se apiade de esos cuerpos de inagotables necesidades básicas impuestas. -Eso sí, lo piden mientras se pegan una ducha, no sea cosa-.

Ahora bien, llevemos a esa escena inverosímil un elemento clave de la cultura popular argentina, sólo por probar. Así resulta que ese hilito vital se vierte a través de un pingüinito, esa vasija zoomórfica que se volvió tradición a fuerza de ley. Las políticas de envasado de vinos en origen dejaron como corolario de la embriaguez dulzona de los domingos en familia un recipiente extrañísimo que tendría sentido sólo en la porción más austral del país más austral del Planeta Tierra, pero por capricho nacionalista se desparramó por todo el territorio.

¿Y si sumamos a esta escena un tercer y último elemento? El hilito se vierte a través de un pingüino, que ahora tiene su cuerpo cerámico recubierto por una segunda piel, resultado de la técnica que devino del perfeccionamiento del primitivo pavimento. Una coraza única e irrepetible, irreductible en su calidad de única. Como una cáscara a medio romper, que pudo hacer aquel que fuere una musa o un artista favorecido por ellas.

La escena entonces se condensa así: cada pingüino girando a su ritmo, con sus pieles decoradas evocando gregarios humanos que danzan sus ritos, entre alarmas y horarios, hasta que estalle la próxima guerra y llegue la hora de derramar sangre, beber agua y arder.